1 de octubre de 2013

El Valle de Mena - Burgos

El Valle de Mena se encuentra situado en el extremo norte de la provincia de Burgos, dentro de la comarca de las Merindades y en el territorio que históricamente se conoce como las Montañas de Burgos.
Limita al norte con la comarca de las Encartaciones en Vizcaya, al este con Vizcaya y el Valle de Ayala en Alava, al Oeste con la Merindad de Montija, provincia de Burgos, y al Sur con el Valle de Losa y la Junta de Traslaloma, también de Burgos. En el extremo más noroccidental limita con el Valle del Asón en Cantabria.
Dista 115 km de Burgos, la capital de provincia, 45 km de Bilbao (Vizcaya), 74 km de Vitoria (Alava) y 103 km de Santander (Cantabria).
En la actualidad el Valle de Mena cuenta con 60 pueblos y cerca de 30 barrios distribuidos en 258 km² de superficie y cuenta con una población de más de 3500 habitantes.
Flora y Fauna
 
 
Las imponentes cadenas montañosas de La Peña y Ordunte, pertenecientes ambas a las estribaciones de la Cordillera Cantábrica, cierran la profunda cubeta diapírica que conforma el Valle de Mena, con altitudes que oscilan entre los 300-400 m en el fondo del valle, y los 800-1200 m en las culminaciones de los cordales montañosos.
El valor ecológico, la singularidad y el buen estado de conservación de los bosques meneses, ha propiciado la inclusión de nuestro municipio en la Red Natura 2000 y la declaración de estos espacios como Lugares de Interés Comunitario (LIC).
 
La localización del valle en el somontano de la Cordillera Cantábrica, favorece el desarrollo de una diversidad vegetal que se manifiesta en la presencia de especies propias de la España Atlántica junto a otras que son características de la España Mediterránea, dualidad que refrenda el carácter de transición que posee este espacio y que, sin duda, constituye uno de los elementos más importantes que confieren personalidad a este territorio.
 
Así pues, bosques de hayas y robles, colonias de tejos, acebos o especies endémicas como los Prunus Lusitanica o loros, y praderas naturales en inmediato contacto, ejemplifican esta ambivalencia bioclimática, al tiempo que sirven de soporte a un secular aprovechamiento ganadero de carácter extensivo practicado por las casi extintas razas autóctonas de vacas monchinas y caballos losinos. Este paraíso para los amantes de la botánica resulta igualmente atractivo para aquellos que disfrutan recolectando setas o practicando actividades como la caza y la pesca; las abundantes masas forestales que posee el valle, se convierten en el hábitat de numerosas especies micológicas tales como los hongos o las setas de abril, así como en el refugio de especies cinegéticas como el corzo o el jabalí.
De otro lado, los numerosos cursos de agua que surcan este territorio destacan por su riqueza ictiológica, siendo el más famoso de todos ellos el Cadagua por la cantidad y calidad de sus truchas autóctonas, así como por la belleza de su nacimiento ubicado en el pueblo que lleva su nombre.
 
Prehistoria y autrigones (Paleolítico, Neolítico, Calcolítico y Edad del Hierro II)
Este territorio ha sido objeto de una ocupación continuada desde el Neolítico Final (entre el V y el IV milenio a. C), como así lo confirman los restos arqueológicos hallados en diferentes puntos del valle. Con la llegada de esta nueva etapa histórica y el atemperamiento climático asociado a ella –Holoceno–,se inicia una nueva forma de ocupación del espacio por parte de los colectivos humanos; en nuestro territorio, la caza y la recolección de frutos silvestres van a continuar vigentes en la economía de este periodo si bien, a estas actividades procedentes del pasado, se sumará ahora un componente agropastoril, fundamentado en una agricultura extensiva o itinerante afincada en las áreas más fértiles, esto es, en los fondos del valle, y en una trashumancia ganadera de amplio radio que obliga al desplazamiento constante de los grupos humanos; esta circunstancia se materializa en el carácter móvil o inestable de los asentamientos, lo que explica la precariedad de las estructuras de habitación, construidas con materiales perecederos que han hecho imposible su conservación hasta nuestros días. Frente a la escasa entidad del hábitat, del que apenas se han detectado vestigios, los grupos humanos de estos momentos desarrollaron una verdadera arquitectura funeraria a base de grandes tumbas de carácter colectivo: los megalitos. En el Valle de Mena, se han detectado diversas estructuras megalíticas, a saber: sepulcros de corredor (Villasuso), dólmenes (Santa Olaja, Angulo) y cámaras simples bajo túmulo (Montes de Ordunte) .
En el III milenio a. C (2900- 2000 a. C) asistimos a una nueva etapa en la evolución de los colectivos humanos, caracterizada, entre otros aspectos relevantes, por un avance importante en el proceso de sedentarización y por la aparición de la metalurgia del cobre. Este periodo se conoce como la Edad del Cobre o Calcolítico, y a él se adscribe un potente yacimiento, localizado en el entorno del Pantano de Ordunte y constituido por varios túmulos funerarios y una extensa área de habitación al aire libre de la que se conservan más de veinte hogares. Ambas zonas arqueológicas se encuentran en inmediato contacto, de lo que se desprende una fuerte interrelación entre el paisaje propiamente funerario y el de los vivos. Las campañas arqueológicas de 1991, sacaron a la luz materiales líticos como puntas de flecha con incipientes aletas, microlitos geométricos o piezas de hoz que se inscriben en el contexto cronológico descrito.
 
La secuencia arqueológica correspondiente a la Prehistoria en territorio menés, se completa con el yacimiento emplazado en el monte Socueto, en las inmediaciones de la localidad de Opio. Se trata de un castro de la II Edad del Hierro (siglos IV- I a. C), habitado en su momento por los autrigones, pueblo de origen indoeuropeo que se estableció a lo largo y ancho de una franja territorial que se extendía desde el Cantábrico hasta la comarca de La Bureba, incluyendo los espacios correspondientes a la actual comarca de Las Merindades y el Valle de Mena. La influencia de este contingente poblacional de origen indoeuropeo sobre el sustrato indígena preexistente, dio lugar a una forma de vida y una cultura material que adquieren forma en el yacimiento de Opio y en los hallazgos vinculados a este hábitat fortificado.
 
Todo el asentamiento castreño –salvo el flanco norte, protegido con defensas naturales– se encuentra reforzado por un sistema de doble muralla y en su interior, se observan aterrazamientos artificiales y amontonamientos de piedras que probablemente corresponden a las cabañas del poblado.

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